Heridas de la infancia

Las heridas de la infancia son traumas emocionales no resueltos en la niñez o preadolescencia (como el rechazo, la humillación, el abandono, la falta de respeto, la injusticia, la traición) que dejan una huella profunda y persistente, afectando seriamente el desarrollo de la personalidad, la autoestima, la autovalía y relaciones interpersonales. Las manifestaciones son múltiples como la angustia, la ansiedad generalizada y anticipatoria, desconfianza, niveles altos y sostenidos de alerta, patrones de comportamientos repetitivos, dificultades en la autorregulación  emocional, inseguridad…

Son una variedad de experiencias dolorosas que el niño no pudo ni supo procesar, elaborar ni mitigar ya que su inmadurez y capacidades cognitivas y emocionales se lo impiden.

 

Las cinco heridas o traumas fundamentales según Lise Bourbeau serían:

1. Rechazo. Sentimiento intenso de no ser aceptado por parte de los padres o figuras de apego importantes. Suele ser la herida más temprana y profunda. Quedan en un segundo plano al minimizar su presencia en la vida de los demás con la creencia de que al no ser notada, tampoco será rechazada. Esta actitud de invisibilización no solo perpetúa sino que profundiza el rechazo y autoexclusión; evitan molestar a los demás. La tendencia que evidencian es refugiarse en su mundo interior imaginario. Tienen poco apego a las posesiones materiales y se enfocan en lo intelectual. Desarrolla una máscara de huidizo, infravalorándose sistemáticamente y demandando el reconocimiento de los demás.

2. Humillación. Sentir, vivenciar que los demás se avergüenzan tanto públicamente como en privado. Marcada por la desaprobación y la burla. Estas personas poseen dificultades para apreciar sus propias virtudes; se censuran con asiduidad. Llegamos a encontrar adultos que presentan dificultades en su autocuidado. No hubo miradas de aprobación. Suelen anteponer las necesidades de los demás a las suyas con el fin de ganarse afecto. No han sido capaces de conectar y reconocer sus necesidades físicas y emocionales. Son atentas y serviciales. Aparece un comportamiento de sumisión.

3. Abandono. Sensación mantenida de falta de amor sincero, protección o compañía, cuidado y apoyo. Generando sentimientos de dependencia emocional hacia los demás. La persona percibe que es dejada atrás y no recibe los cuidados que necesita. Sus necesidades no son atendidas, ya sea por negligencia física o emocional. Búsqueda de aprobación externa y patrones de dependencia. Se persigue una validación y reconocimiento externo. Suelen aferrarse a las relaciones afectivas aún cuando no sean funcionales.

4. Traición. Vivenciar situaciones de engaño y no poder confiar en las figuras de apego ya que en reiteradas ocasiones no han cumplido con lo que les han asegurado o les correspondía llevar a cabo a los padres o personas que estaban a su cuidado. Suelen mentirle, de ahí que nazca un sentimiento de distanciamiento e incluso aislamiento; se desarrolla un sentimiento de ser controlador. Son personas con fuerte carácter y dominantes, tendentes al rencor e incluso a la agresividad y suelen hacer gala de comportamientos posesivos.

5. Injusticia. El menor vive bajo un escudriño excesivo que le hace sentirse ineficiente. Estos hijos aprenden que no importa cuánto puedan esforzarse por complacerles y ello les lleva a una sensación de ser inútiles e ineficientes. Estos niños han tenido cuidadores distantes, fríos, exigentes y autoritarios. La infancia de este tipo pueden llegar a la adultez desarrollando una coraza de rigidez, caracteres inflexibles y obsesivos y reticentes a pedir ayuda.

Todas ellas afectan al correcto desarrollo psicológico de la persona y ésta elabora unos procedimientos de actuación y de relación que le ayude a no mostrarse vulnerable y le proteja del daño que puedan ocasionarle los demás.

IMPACTO EN LA EDAD ADULTA.

La infancia es la etapa en la que establecen los cimientos de la personalidad. Las experiencias que se llegan a vivir en esa época moldean nuestro carácter, personalidad, las relaciones que somos capaces de establecer y mantener en el tiempo con los demás y la salud mental en la vida adulta. Al no ser capacer de integrar las experiencias negativas se convierten en vivencias, sentimientos y emociones que permean las distintas vertientes de la persona.

El dolor físico, el sufrimiento, las dificultades y tribulaciones de la vida son habituales y esperables. Las heridas de la infancia no son por tanto el resultado de experimentar dolor y experiencias displacenteras; las heridas de la infancia son debidas a que han sido abandonados o no atendidos para elaborar ese dolor y transformarlo. Para ayudar en la integración de las experiencias se debe considerar que hemos de vivenciarlas, transitarlas, elaborarlas y trascenderlas. (Recomiendo leer a Gabor Maté)

Frente al dolor, desarrollan unas “máscaras” o mecanismos de defensa que les ayuda a ocultar lo que verdaderamente sienten para sobrellevar el malestar e intentar que así su vida sea más funcional. En un inicio, las “máscaras” cumplieron su tarea de proteger a los infantes, pero con el paso del tiempo hay que despojarse de ellas. Al despojarlas y atender el dolor subyacente reconstruimos el distanciamiento emocional y relacional. “ Sólo atravesando la noche se llega a la mañana “

 

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